Georges Méliès: Magia con imágenes

Kinecole os presenta al primer gran genio de la historia del cine, Georges Méliès.

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Una exposición y un concurso para conocer al maestro francés

Cuentan que aquel 28 de diciembre de 1895 los asistentes a la presentación en público del Cinematógrafo, el  último invento de Louis y Auguste Lumière, huyeron como despavoridos inocentes al ver las imágenes de un tren que se les venía encima. Seguro que George Méliès, uno de los 35 elegidos para la ocasión, permaneció en su asiento del Gran Café de París, en el 14 del Bulevar de los Capuchinos.

Y es que Méliès (1861-1938) era hombre conocido en ese París poético y estrafalario de finales de siglo. Pertenecía al ambiente de la farándula y los barracones de feria donde causaban furor los últimos ingenios ópticos (fantasmagorías, teatro de sombras, linterna mágica) y los números de magia. Discípulo de Robert Houdin (el inventor de la magia moderna) había hecho ya de todo en el mundo del teatro y conocía todos los trucos del maestro.

Méliès les quiso comprar el invento a los Lumière, pero éstos, a pesar del éxito de su proyección, recaudaron miles de francos en los días posteriores al estreno, no lo veían:

– “Nuestro invento no está en venta, no tiene ningún valor comercial. Háganos caso, George, le llevará a la ruina. ”

Pero George, que intuyó el lado mágico del artilugio, no paró hasta encontrar uno parecido. Tardó casi un año, pero finalmente lo halló en Londres, en el almacén del óptico Robert Paul.

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Por entonces, los primeros camarógrafos se dedicaban a filmar escenas rutinarias de la vida cotidiana (obreros que salen de una fábrica, trenes que llegan, gente saliendo de misa de 12…), Méliés descubrió que el cine no sólo servía para retratar la realidad: podía imaginarla, hacerla más divertida o temible. Contar  fantasías.

Como con la manzana de Newton, todo fue un poco por casualidad. Estaba Méliès rodando en una calle cuando, sin él saberlo, el rollo de celuloide se detuvo unos instantes dentro del cajón de madera. Al visionar esas imágenes comprobó que un ómnibus se había convertido, como por arte de magia, en un coche fúnebre (¡Eureka!):. Había nacido el cine tal y como lo conocemos: el relato de nuestro sueños (y pesadillas).

Méliès aunó sus conocimientos del teatro y la magia, las posibilidades de los nuevos ingenios y su desbordante creatividad para inventar el cine como espectáculo. Ideó trucos de montaje, recortó y coloreó fotogramas, perfeccionó los juegos de perspectiva, los encadenados,  la superposición de planos… Es el precursor de los efectos especiales y del cine de ciencia ficción. Una noche terrible, Desaparición de una dama, El Caso Dreyfus, El Melómano, El hombre orquesta, El hombre de la cabeza de goma, El reino de las hadas, Viaje al Polo…  y así hasta más de 500 títulos, son muestra de su genio. Nos llevo (¡en 1902!) de Viaje a la Luna (en la que unos astronautas, con chistera, son rescatados del mar y recibidos con confeti a su regreso a la nuestro planeta). La NASA tardó 67 años más en conseguirlo (y, por supuesto, los astronautas también acabaron en remojo).

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Precursor en todo, hizo construir el primer plató de cine, el Estudio Montreuil, una especie de invernadero de cristal de 89 metros cuadrados con lo último de lo último. Disfrutó de 20 años de gran éxito. Sus creaciones triunfaban en la Ópera o en el Folies-Bergère. Dejó a su mujer por Jehanne d´Alcy, una de sus actrices, y, en fin, sufrió el primer acto conocido de piratería de la historia del cine: en Estados Unidos los hombres del célebre Thomas  Edison (unos tipos que, en caso de dudas sobre patentes, sacaban un revólver) hicieron 500 copias ilegales del Viaje a la Luna.

Méliès tuvo un final amargo (quién sabe si la maldición de los Lumière: “George, le llevará a la ruina”, resonara alguna vez en sus oidos). No se adaptó a los nuevos gustos del público, ni a la competencia de algunos de sus discípulos (como el español Segundo de Chomón), ni a los nuevos ritmos de montaje que venía de Estados Unidos, ni entendió la concepción del cine como industria. Arruinado, quemó todos sus negativos porque no tenía dónde guardarlos. Cuentan que acabó vendiendo golosinas por la estación de Montparnasse. Leon Druhot, periodista de una revista de cine, le reconoció un día que deambulaba por allí y le organizó un gran homenaje en 1929.

Murió pobre al lado de Jehanne en un Hospicio de Orly en 1938.

Reconocido como uno de los grandes de la Historia del Cine, sin él, tal vez, nunca hubiéramos visto volar a Superman ni cómo se hundió el Titanic, ni sabríamos que hay guerras en unas galaxias muy lejanas, Martin Scorsesse le rinde un hermoso homenaje en su película Hugo (2011), porque Méliés es, sin duda, uno de los nuestros.

CaixaForum nos propone un concurso para utilizar los trucos del maestro pero realizado con cualquiera de nuestros actuales aparatos de grabación.

Méliès. La magia del cine,  es una magnífica colección de fotografías, dibujos, posters, maravillosos aparatos de época, vestuario, maquetas y 21 filmes originales del cineasta francés. Si, mientras paseamos por las salas, escuchamos con atención, podemos oir el traqueteo inconfundible de los viejos proyectores.

Caixa Forum Madrid:

George Méliès. La magia del cine. (hasta el 8 de diciembre de 2013)

Participa Méliès (hasta el 27 de octubre)

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